Por qué la carga mental pesa tanto y cómo empezar a aligerarla
Pilar Conde, psicóloga y directora técnica de Clínicas Origen, explica qué impacto tiene el estrés sostenido en la salud, cómo reconocer los indicadores de alerta y cómo aprender a delegar tareas sin que la culpa se convierta en un obstáculo

La sufren la mayoría de las mujeres, aunque muchas ni siquiera son conscientes. Se llama carga mental al peso invisible que se genera por el esfuerzo constante de coordinar y estar pendientes de las necesidades del día a día. No es tanto lo que haces, sino todo lo que estás pensando que hay que hacer: recordar citas médicas, gestionar la agenda escolar, planificar comidas, hacer la lista de la compra, controlar la economía familiar, organizar la limpieza, planificar las vacaciones…
Tener siempre encima la responsabilidad de recordar, organizar, anticipar y coordina todo lo que ocurre en un entorno (familiar, laboral o ambos) para que todo fluya es un trabajo que no se ficha ni aparece recogido en ninguna nómina, pero agota. Y lo habitual es que lo asuman las mujeres. Tradicionalmente, ellas han tenido el rol de ‘gestoras’ del hogar, y en la mayoría de los casos sigue siendo así, aunque ahora trabajen también fuera.
Aunque la carga mental sea invisible, sus efectos no lo son: problemas para dormir, dificultad para desconectar, ansiedad, irritabilidad o la fatiga crónica son algunos de sus principales indicadores. El problema es que son cosas que hemos normalizado, aunque llegado cierto punto puede convertirse en una amenaza real para nuestro bienestar. Para Pilar Conde, psicóloga y directora técnica de Clínicas Origen, ese punto llega “cuando el malestar empieza a resultar molesto en el día a día y la persona siente que necesita herramientas para gestionarlo”.
No hay soluciones mágicas para acabar con la carga mental, pero sí caminos para aligerarla. Para empezar, hay que ser consciente de ella, porque, ya se sabe, lo que no se nombra no existe. Hablar de carga mental, ya sea en casa o en el trabajo, es el primer paso para repartirla (no se trata de ‘ayudar’, sino de una corresponsabilidad real).
Pilar Conde recomienda, además, distintas estrategias que pueden ayudarnos a recuperar el equilibrio. La primera es reconocer los propios límites y disminuir la autoexigencia. “Es importante entender que no podemos llegar a todo, y está bien disminuir exigencias, ajustar expectativas y abandonar la búsqueda de perfeccionismo”, explica. “Esto permite reducir la carga mental asociada a las exigencias, los ‘debería’ y la perfección, lo que a su vez disminuye emociones como la ansiedad”.
Abandonar la búsqueda del perfeccionismo no es fácil, aunque según la psicóloga de Clínicas Origen es necesario. “Es un derecho asertivo: el derecho a equivocarnos, a fallar, a no ser perfectos. Cuando vivimos desde la rigidez, es fácil que aparezca la frustración, dado que, como seres humanos, vamos a cometer errores. Permitirse fallar nos da libertad para tomar decisiones y aprender a convivir con la posibilidad de error, lo que hace que tomar decisiones sea más sencillo”.
También es fundamental delegar tareas y marcar límites claros. Aprender a pedir ayuda y repartir responsabilidades permite centrar la energía en lo realmente importante. Por eso Conde recomienda renunciar a la idea de que debemos hacerlo todo nosotros mismos “solo porque creemos que es nuestra responsabilidad o que solo nosotros podemos hacerlo correctamente. Decir ‘no’, delegar y elegir son herramientas sencillas que nos hacen ganar tiempo real y salud mental”.
Por supuesto, hay que dedicar tiempo al autocuidado y al ocio. Las actividades placenteras, los momentos de descanso y el contacto social fortalecen la salud emocional. “Dentro de nuestra rutina es saludable incorporar actividades para uno mismo: deporte, baile, hobbies… actividades que resulten divertidas y placenteras para la persona. Esto está directamente relacionado con nuestro estado de ánimo”.
Por último, también para esto, como para tantas otras cosas, es recomendable potenciar los hábitos saludables. Mantener una buena rutina de sueño, una alimentación equilibrada y una actividad física regular ayuda a manejar el estrés y a tener más energía. “Los hábitos saludables impactan directamente en nuestro bienestar emocional. Cuando nos encontramos estables, somos capaces de manejar mejor las circunstancias del día a día, enfocarlas con mayor precisión y sentirnos más capaces”.



