Los ocho rasgos que definen a los jefes tóxicos
Según una investigación, 6 de cada 10 trabajadores sufren a un líder que reúne alguna o todas estas características

Los jefes tóxicos no son solo personajes que dan mucho juego en el cine, sino una cruz que soportan a diario muchos trabajadores; de hecho, la mayoría de los trabajadores, de acuerdo con una nueva encuesta de la empresa de investigación de mercados The Harris Poll. Según sus resultados, seis de cada diez asalariados estadounidenses dicen tener un jefe tóxico y siete de cada diez lo han tenido uno en algún momento de su carrera. Entre el colectivo LGTBIQ +, este dato es incluso un poco más alto: el 75%.
La encuesta define a un jefe tóxico como alguien que exhibe alguno (o varios) de los siguientes comportamientos en el lugar de trabajo: trato preferencial injusto (otorgar privilegios por simpatías personales o cuestiones ajenas al rendimiento laboral), falta de reconocimiento (ignorar los logros de los empleados), desviación de la culpa (incapacidad para asumir la responsabilidad que conlleva el cargo y utilización de los empleados como chivos expiatorios), microgestión innecesaria (supervisión obsesiva de tareas menores y una desconfianza absoluta en las capacidades de los profesionales a su cargo), asumir el crédito por las ideas de los demás (apropiarse de propuestas o soluciones de sus equipos para presentarlos como méritos exclusivamente propios), expectativas irracionales (exigir plazos y objetivos imposibles y disponibilidad absoluta por parte de los empleados), conducta no profesional (lo que puede incluir desde arrebatos emocionales, gritos y descalificaciones hasta manipulación psicológica) y tendencia a discriminar en función de características personales (utilizar variables como el género, la edad, la raza, la orientación sexual o las condiciones de salud para limitar el crecimiento profesional de ciertos empleados o dispensarles un trato hostil).
Los efectos de los jefes tóxicos
Como el tabaco, los jefes tóxicos perjudican seriamente la salud. Casi la mitad de los trabajadores (47%) reconocen que el comportamiento de su superior les está causando estrés, agotamiento o dañando su salud mental. El 53% de los asalariados estadounidenses han acudido en algún momento a ayuda profesional para afrontar el estrés causado por un jefe tóxico. También es bastante común (uno de cada tres encuestados) que conlleven un perjuicio económico, sea en forma de pérdida de bonus, promociones u oportunidades laborales.
Desde el principio de los tiempos, pelear o huir han sido las dos principales estrategias a las que han recurrido los humanos al enfrentarse a una amenaza. Es lo que se conoce como la ‘respuesta de lucha o huida’, y aplica también en el ámbito laboral. Dos tercios de los empleados dicen haber cambiado alguna vez de trabajo por sus problemas con un jefe. Por otro lado, el 55% asegura haber tomado al menos una acción para abordar el comportamiento dañino de su jefe. Los más jóvenes parecen los menos dispuestos a soportar según qué cosas. En concreto, el 73% de los trabajadores de la generación Z dicen haber rechazado a un jefe tóxico, un dato más alto que cualquier otra generación.
Pero más allá del modelo clásico de lucha o huida, que la psicología moderna reconoce hoy incompleto, el repertorio de supervivencia ante el peligro incluye respuestas como la parálisis y el sometimiento, que es precisamente a lo que están recurriendo muchos trabajadores que, para satisfacer las demandas irracionales de sus superiores, han optado por trabajar más. El 66% reconoce hacerlo incluso en fines de semana y días libres.
Jefes tóxicos, ¿fallo de carácter o error de sistema?
Visto lo extendido que está, parece claro que el fenómeno de los jefes tóxicos no es un problema de personalidades individuales, sino un síntoma de un fallo sistémico, algo que los propios trabajadores reconocen. El 71% atribuye parte del comportamiento tóxico de su superior a la presión de las condiciones económicas actuales y el 44% dice que su empresa invierte más en inteligencia artificial que en formación en liderazgo.
“Estamos en el ciclo de inversión tecnológica más grande de esta generación, y el aspecto humano del trabajo se está quedando atrás”, indica en la nota del estudio Libby Rodney, directora de estrategia de The Harris Poll. “El liderazgo tóxico no es un defecto de carácter, sino un fracaso de inversión. Son los jefes que nunca recibieron formación ni se les exigió cumplir con determinados estándares, y a quienes ahora se les pide liderar una transformación para la que no estaban preparados ni siquiera antes de la llegada de la IA”.



