Cómo gestionar el enfado en el trabajo: del conflicto al entendimiento
Expresar nuestro enojo sin quemar puentes y con un resultado positivo es posible

El enfado y la frustración son emociones normales, también en el ámbito laboral. Últimamente, de hecho, parece que especialmente en el ámbito laboral. La presión en el entorno corporativo ha aumentado significativamente desde la pandemia, alcanzando niveles récord de estrés y agotamiento. Son muchos los indicadores de que la ansiedad y el burnout se han disparado desde 2020, y no hay ninguna señal que apunte a que la presión vaya a relajarse, al menos a corto plazo.
Así las cosas, ahora mismo hay en las empresas mucha gente agotada y con las emociones a flor de piel. A veces, todos lo sabemos, toca aguantarse, pero en otras ocasiones expresar nuestras emociones puede resultar conveniente e incluso constructivo. Aunque tenga mala fama, el enojo (moderado y bien enfocado) puede generar respeto, demostrar competencia y mejorar el rendimiento del equipo.
“El problema no es enfadarte. El problema es no saber qué hacer con ese enfado cuando aparece” explica Sonia Díaz, coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente. En su opinión, tragarse el enfado no es la solución. “Como es una emoción que genera incomodidad, muchas veces ni la escuchamos ni tratamos de comprenderla. Y eso nos lleva a reprimir lo que sentimos, porque lo relacionamos con enfrentamientos que no suelen traer ni mejores relaciones ni soluciones”. Pero en la mayoría de los casos, eso no resuelve nada, porque no cambia nada. “El enfado no aparece porque sí. Aparece cuando algo no encaja, cuando algo molesta, cuando hay un límite que, de alguna manera, se está cruzando. Para gestionarlo, el primer paso es reconocer que estamos enfadadas y observar qué pensamientos acompañan a esa emoción. Porque no todo lo que pensamos en ese momento es tan cierto como parece. Y desde ahí es fácil reaccionar en automático”.
En opinión de Díaz, autora también del libro Y si me enfado, ¿qué? (VR Europa), la pregunta no es tanto si reprimir o expresar, sino cómo y para qué hacerlo. “Antes de expresar el enfado, baja la intensidad y ten claro el para qué”, recomienda. ¿Buscas desahogarte? ¿Quieres apoyo o validación? ¿O pretendes resolver algo? “Cuando tienes claro el para qué, es mucho más fácil decidir si merece la pena expresarlo, cuándo hacerlo y de qué manera. Porque no es lo mismo comentarlo con un compañero, plantearlo a tu responsable porque necesitas que algo cambie o acudir a recursos humanos cuando la situación ya no se sostiene. No todo enfado hay que decirlo, pero si lo dices, que sea con un para qué claro”.
Cómo expresar el enfado en el trabajo sin generar conflicto
Si se hace de forma asertiva y controlada, transmitir nuestro enfado en el trabajo ayuda a establecer límites, corregir errores o defender condiciones juntas. El primer paso, explica Díaz, es concretar qué es lo que realmente te molesta. “Muchas veces hablamos desde una sensación general, pero no aterrizamos qué ha pasado exactamente”. Por ejemplo, al expresar tu descontento con un compañero, no es lo mismo decir “no puedo trabajar con esta persona” que “no se hace cargo de su parte, me siento sobrecargada y necesito ayuda para poder llegar a todo”.
Sonia Díaz recomienda también hacer hincapié en cómo te afecta directamente situación, en lugar de centrar todo el mensaje en lo que el otro ha hecho mal. Siguiendo con el ejemplo anterior, no es lo mismo decir de tu compañero “no se implica para nada” que “no sé si hay algo que le está impidiendo cumplir con su parte. Lo que sí sé es que necesito apoyo para poder llegar a todo sin que esto afecte a mi trabajo y a mis horarios”. “Se trata de expresar qué ha pasado, cómo te ha afectado y qué necesitas. Así es más fácil que se entienda el mensaje y que la conversación sirva para algo”, apunta la experta. “Si quieres que algo cambie, la forma en la que lo dices es clave. Evita buscar culpables y céntrate en buscar soluciones. El enfado no siempre consiste en poner límites, también consiste en saber cuándo ceder”.
Lógicamente, el lenguaje juega un papel fundamental en la expresión del enfado, actuando no solo como una herramienta para comunicar la emoción, sino también para formarla, regularla y, a menudo, intensificarla. “El enfado tiende a exagerar. Busca tener razón, no entender lo que está pasando. Por eso conviene evitar generalizaciones como ‘siempre’ o ‘nunca’, porque provocan que quien recibe el mensaje se ponga a la defensiva y dificultan que el mensaje llegue. El lenguaje debe describir lo ocurrido en lugar de hacer juicios o atribuir malas intenciones a otras personas. Esa ‘presunción de inocencia’ ayuda mucho más de lo que parece. A partir de ahí, hay que explicar el impacto que tiene en ti, cómo te afecta y qué te gustaría que cambiara”.
Comunicación no verbal: cómo influye el tono al expresar el enfado
El lenguaje emocional se apoya fuertemente en el paralenguaje, el conjunto de elementos no verbales que acompañan la palabra para matizar, enfatizar o cambiar el significado del mensaje: los gestos faciales, corporales, la entonación de la voz, etcétera. Cuidar el tono, por ejemplo, es igual de importante que cuidar las palabras. “No se trata de suavizar lo que quieres decir, sino de expresarlo de forma que el otro pueda escucharlo sin ponerse a la defensiva. No es solo lo que dices, es cómo lo dices. La comunicación no verbal puede reforzar o desvirtuar el mensaje”.
“Si quieres que algo cambie, la forma en la que lo dices es clave. Evita buscar culpables y céntrate en buscar soluciones. El enfado no siempre consiste en poner límites, también consiste en saber cuándo ceder”.
También es clave elegir un buen momento. “Muchas conversaciones se complican no tanto por lo que se dice, sino por cuándo y dónde se dice. No tiene nada que ver hablar cuando hay tensión y en medio de la oficina que hacerlo cuando ambas partes pueden escucharse con calma y en un espacio privado. También influye el ritmo de cada persona. Hay quien necesita hablar en el momento y quien prefiere darse un tiempo para ordenar lo que siente. Tener esto en cuenta evita que una conversación importante acabe siendo una reacción en caliente”.
Qué hacer cuando un conflicto laboral no se resuelve
Con todo, es posible que la conversación no vaya como nos gustaría y que la situación no se solucione. Como recuerda Sonia Díaz, “aunque se dice que ‘hablando se entiende la gente’, no todo depende de ti. No todo conflicto se puede resolver, y parte del trabajo emocional es aceptar eso. Puedes hacer tu parte: expresarte con claridad, escuchar y proponer soluciones. Pero no puedes controlar la respuesta del otro. La asertividad también implica aceptar que los demás pueden no ser asertivos”.
Además, recomienda “revisar las expectativas. Muchas veces no solo nos enfada lo que ha pasado, sino lo que esperábamos que pasara. Esperamos que el otro actúe de determinada manera, que entienda sin que se lo digamos o que responda como nosotros lo haríamos. Y cuando eso no ocurre, aparece la frustración. Ajustar expectativas no es conformarse, sino dejar de dar por hecho que el otro va a actuar como tú necesitas. A partir de ahí, puedes decidir con más claridad cómo quieres posicionarte tú ante esa situación. Lo que sí está en tu mano es cómo decides estar tú en esa situación. Mantener tu forma de comunicar, evitar que el conflicto vaya a más y revisar qué estás dispuesta a seguir aceptando y qué no”.
En última instancia, y si la situación lo requiere, puede ser útil recurrir a mecanismos formales dentro de la organización a través de mediación, recursos humanos o la representación de los trabajadores. Y es que, concluye Sonia Díaz, “gestionar el enfado también es decidir qué haces cuando las cosas no cambian”.



