Un estudio desmonta el mito: que las madres trabajen no influye en el desarrollo infantil
Una revisión de investigaciones sobre la materia demuestra que el impacto del trabajo materno no afecta de forma significativa al bienestar o el comportamiento de los hijos

La idea de que, durante los primeros años, los niños están mejor con sus madres y, por tanto, que el trabajo materno puede afectar negativamente al desarrollo infantil es una creencia bastante extendida todavía. Nunca ha habido mucha evidencia científica que respaldara la tesis, pero una investigación publicada por Science confirma ahora que el empleo materno ni perjudica ni beneficia de forma significativa los resultados educativos, la salud, el desarrollo cognitivo y el comportamiento de los niños y adolescentes.
Las responsables son las economistas Maria C. Lo Bue, de la Universidad de Trieste, Elizaveta Perova, del Banco Mundial, y Sarah Reynolds, de la Universidad de California Berkeley, que hicieron su análisis a partir de una variedad de estudios de distintas áreas, como medicina, economía, psicología y otras ciencias sociales. Las investigadoras realizaron una búsqueda en bases de datos académicas e inicialmente identificaron 1.186 referencias de artículos sobre el tema, que tras sucesivos filtros quedaron reducidas a 61 estudios considerados válidos para el análisis. En concreto, solo incluyeron investigaciones que hubieron utilizado métodos estadísticos para identificar de forma fiable relaciones causales (y no simples correlaciones) entre el empleo materno y el desarrollo infantil. Son estudios realizados durante casi dos décadas en una veintena de países de rentas altas, medias y bajas, incluidos Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Noruega, India, Indonesia, Egipto o Tanzania.
A partir de esos 61 análisis, las autoras identificaron 884 coeficientes relacionados con el impacto del empleo materno sobre diferentes dimensiones del desarrollo infantil, que después agruparon en categorías: rendimiento escolar, conducta, obesidad, salud, etcétera. Tras examinar los resultados de todas esas categorías, concluyeron que la mayoría de los efectos estimados (el 87%) eran estadísticamente insignificantes o nulos, y los escasos efectos encontrados, cuando aparecían, tenían un alcance reducido y podían ser tanto positivos como negativos dependiendo del contexto: nivel socioeconómico de la familia, calidad del empleo, acceso a guarderías, horas trabajadas, etcétera.
El informe señala que, especialmente en contextos vulnerables, el empleo materno tiene más probabilidades de tener efectos positivos que negativos en el desarrollo cognitivo y educativo de los niños. El motivo, sugieren las investigadoras, es que los ingresos adicionales aportados por la madre pueden cubrir necesidades básicas de alimentación, educación o salud en entornos donde los recursos son más limitados. El efecto es más evidente en los países de renta media y baja. En países ricos como Estados Unidos, los beneficios también son más visibles entre familias de bajos ingresos.
A pesar de que se considera que los primeros tres años de vida son esenciales para el desarrollo del niño, el análisis no ha encontrado muchas diferencias en lo que respecta al impacto del trabajo materno en función la edad de los menores: los efectos son prácticamente nulos tanto en la primera infancia como durante la etapa escolar y la adolescencia.
La calidad del empleo y la red de apoyo con la que cuentan las madres importa
La evidencia sugiere que la clave no reside en si las madres trabajan o no, sino en las condiciones en que lo hacen: estabilidad laboral, horario, flexibilidad, acceso a guarderías y distribución del cuidado dentro de la familia. Hay estudios que concluyen que los empleos estables, la flexibilidad laboral y la posibilidad de estar cerca de los hijos favorecen determinados indicadores de bienestar, mientras que la inestabilidad laboral o los horarios nocturnos pueden asociarse a peores resultados.
Otras investigaciones señalan que los posibles efectos negativos del trabajo materno desaparecen cuando existe una oferta suficiente de cuidados infantiles de calidad. En Noruega, por ejemplo, los efectos negativos sobre el rendimiento escolar solo aparecen en municipios con baja disponibilidad de servicios de educación infantil.
“A corto plazo, nuestros hallazgos pueden contribuir a reducir parte del estigma y la ansiedad que muchas madres experimentan en torno a las decisiones sobre empleo y cuidado infantil. A medio y largo plazo, ponen de manifiesto la importancia de las políticas que mejoran la calidad tanto del trabajo como de las condiciones de cuidado, en lugar de desalentar el empleo materno en sí mismo”, ha indicado Sarah Reynolds, una de las autoras de la revisión.
El papel de los padres sigue poco investigado
Las investigadoras destacan la escasa presencia de la figura paterna en la literatura científica sobre el tema. En la mitad de los estudios revisados directamente no se tiene en cuenta la participación de los progenitores. En los que sí se hace se destaca que el tiempo que los padres dedican a sus hijos suele asociarse a mejores resultados de los niños. Solo un par de artículos analizan la complementariedad del trabajo paterno y materno, concluyendo que el tiempo de cuidado entre ambos puede ser sustituible.
En resumen, la revisión señala que el debate tradicional entre ‘madres trabajadoras’ y ‘madres que se quedan en casa’ simplifica excesivamente una realidad mucho más compleja, y que el efecto del empleo materno sobre los hijos depende más de factores como el nivel socioeconómico del hogar, la calidad del trabajo, la disponibilidad de servicios de cuidado infantil, la implicación paterna y el número de horas trabajadas. Las autoras concluyen, por tanto, que el debate no debería centrarse en si las madres trabajan o no, sino en las condiciones en que trabajan y los recursos de apoyo que tienen las familias.




