El ‘frugal chic’ propone vivir mejor con menos dinero (y más estilo)

Esta tendencia que cobra fuerza en redes quiere convertir la austeridad en el nuevo símbolo de sofisticación

Durante años, el lujo gritó: logos sobredimensionados, ostentación sin complejos, consumo como afirmación identitaria. Frente a tanta exuberancia, el péndulo de la moda se ha desplazado ahora hacia el extremo del minimalismo y la sobriedad. En esta línea, han ido surgiendo distintas tendencias basadas en la idea de que ‘menos es más’. Primero fueron el lujo silencioso y el movimiento clean girl, y ahora toca el turno del frugal chic, una corriente que propone vivir (y presentarse ante el mundo) gastando menos, sin sacrificar el estilo por el camino.

Se trata de una estética (y, en teoría, una actitud vital) que combina frugalidad, sobriedad y refinamiento. Visualmente se reconoce por prendas atemporales, colores neutros, cortes impecables y ausencia casi total de logos. En lo discursivo, apela a valores como la sostenibilidad, la responsabilidad financiera, el ‘comprar mejor’ y el rechazo a la acumulación innecesaria.

El frugal chic valora el ahorro, pero, en este contexto, ser frugal no significa tanto ir a lo barato como ser intencional con el dinero, es decir, gastar con sentido, logrando de paso un resultado estético. Defiende el consumo consciente, la inversión en pocas piezas de calidad, la funcionalidad y una apariencia deliberadamente sencilla. En el resultado final se busca transmitir una sensación de effortless, aunque detrás haya un importante trabajo de curaduría.

Esta tendencia tiene que ver con sus antecesoras, el lujo silencioso y la clean girlaesthetic, con las que comparte características como la limpieza visual, la simplicidad o la neutralidad cromática. Sin embargo, hay matices importantes. Mientras las anteriores tenían un carácter puramente estético, centrado en la imagen personal, el frugal chic incorpora un relato moral: habla de sostenibilidad, conciencia, madurez y consumo responsable. La cosa va de reducir, simplificar y elegir.

Armarios cápsula, tejidos nobles, prendas atemporales de líneas limpias... Firmas como ba&sh, Rouje, Totême o COS representan este espíritu. También las creadoras de contenido que hablan de la importancia de los básicos, compras meditadas y vivir con ‘menos pero mejor’. El estatus ya no se mide tanto por la cantidad como por el control (del presupuesto, pero también del tiempo, el estrés o las expectativas) y la coherencia. Las defensoras del frugal chic presumen de evitar el fast fashion, de frecuentar las tiendas de segundo mano y de cuidar y reparar sus prendas cuando es necesario.

Aunque nace y se visibiliza con fuerza en la moda, esta tendencia se manifiesta también en otros ámbitos. Por ejemplo, en el mundo de la belleza, con rutinas minimalistas, uñas naturales y maquillajes casi imperceptibles, o en decoración, a través de interiores sobrios, uso de materiales naturales y espacios que transmiten calma y orden. En sentido amplio, el frugal chic defiende un consumo moderado y un rechazo del fast everything en general, Puede ser evitar la visita diaria al Starbucks, olvidarse de la manicura, optar por viajes más lentos o buscar experiencias más significativas.

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Por supuesto, todo esto no surge en el vacío. Responde a factores como la fatiga por el consumo excesivo tras años de fast fashion, microtendencias y sobreestimulación en redes sociales; la conciencia climática, que obliga, al menos en el discurso, a replantear hábitos, o la situación de incertidumbre global, que hacen socialmente incómodo el derroche. En este contexto, la moderación deja de ser sacrificio y se convierte en símbolo de sofisticación. A diferencia de la frugalidad tradicional, más asociada a la necesidad, aquí la austeridad es una elección estética y, en el mejor de los casos, también ideológica.

 

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Si se trata de una auténtica toma de posición o de otra moda de las redes sociales, que ahora han convertido la sobriedad en contenido aspiracional, es una cuestión debatible. Para empezar, los críticos señalan su carácter paradójico, y es que, para consumir menos, muchas veces hay que consumir más caro. La camiseta blanca de algodón orgánico perfecta, ese abrigo de lana virgen ‘para toda la vida’ o un sofá minimalista de diseño no están al alcance de cualquier bolsillo. Ciertas decisiones solo pueden ser asumidas desde una posición de seguridad económica.

Sin duda, existe en parte de la población un genuino deseo de desacelerar, de consumir con más criterio y de vivir con menos ruido. Muchas personas están replanteándose su relación con la ropa, el dinero y el tiempo. Pero también es cierto que, como toda tendencia, el frugal chic corre el riesgo de ser rápidamente absorbida por el mercado y convertida en una mera estética aspiracional. En ese punto, puede acabar quedando reducida una narrativa tranquilizadora para seguir consumiendo sin culpa.

Cuando la frugalidad se vuelve chic, puede fácilmente perder su dimensión ética. Quizá el verdadero desafío no sea tanto vestir sencillo, como dejar de convertir cada decisión vital en un escaparate.  Tal vez esa esa sería la verdadera revolución del frugal chic: pasar de parecer ser consciente a serlo de verdad, incluso cuando no haya likes de por medio.

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