Marta Carulla Roig: “La presión estética puede disfrazarse de autocuidado: siempre hay algo que corregir o una rutina que incorporar”
La psiquiatra infantil e investigadora publica ‘Me miro, me veo, me quiero’, un libro dirigido a niños y niñas que invita a hablar de imagen corporal

La preocupación por el aspecto físico no empieza necesariamente en la adolescencia. La comparación, la vergüenza por el propio cuerpo o la sensación de no encajar pueden aparecer mucho antes, en una etapa en la que niños y niñas están construyendo su identidad y descubriendo qué significa pertenecer a un grupo. Esa realidad es la que ha llevado a la psiquiatra infantil, investigadora y madre Marta Carulla Roig a escribir Me miro, me veo, me quiero. A través de este libro, plantea la necesidad de abrir conversaciones sobre la imagen corporal desde edades tempranas y ayudar a los menores a entender que su valor va mucho más allá de su apariencia.
Hablar antes de que aparezca el problema
Para Carulla Roig, uno de los principales retos es que muchas veces los adultos reaccionamos cuando el sufrimiento ya está muy presente e instalado. “Nos preocupa que un adolescente deje de comer, se aísle o renuncie a actividades que antes disfrutaba, pero quizá llevaba tiempo comparándose, sintiendo vergüenza de su cuerpo o pensando que necesitaba cambiarlo para ser aceptado. A veces ese malestar pasa desapercibido porque lo interpretamos como ‘cosas de la edad’”.
La prevención, sostiene la especialista, no consiste únicamente en evitar que aparezca un trastorno, también implica revisar los mensajes que hemos normalizado: las burlas sobre los cuerpos, las comparaciones, los comentarios sobre el peso o la idea de que mejorar nuestra apariencia nos hará más felices o queridos.
Las redes sociales han añadido una nueva dimensión a esta presión. Antes, la comparación estaba más limitada al entorno cercano, las revistas o la televisión. Ahora, los menores pueden exponerse continuamente a miles de imágenes cuidadosamente seleccionadas, iluminadas, editadas o retocadas. “Los filtros y la posibilidad de modificar nuestra imagen también pueden hacer que ciertos rasgos empiecen a parecernos defectos. Y los ‘me gusta’ y los comentarios añaden una valoración pública: parece que la aceptación puede medirse. Además, muchos mensajes presentan la apariencia como un proyecto que exige mejoras constantes. La presión estética puede disfrazarse de autocuidado: siempre hay algo que corregir, una rutina que incorporar o un producto que comprar. No se trata de criticar la cosmética o el interés por la estética, sino de preguntarnos qué ocurre cuando cuidarse se convierte en vigilar continuamente la apariencia, especialmente desde edades muy tempranas”, explica. En este punto, la psiquiatra infantil propone enseñar a niños y adolescentes a preguntarse qué hay detrás de determinados mensajes de esos contenidos que consumen con preguntamos del tipo “¿Cómo te quedas después de ver esto?”, “¿Crees que esta imagen muestra toda la realidad?” o “¿Qué te están intentando vender?”. Plantearse estas cuestiones, subraya, puede ayudarles a desarrollar una mirada crítica.
Niñas, pero también niños
La presión estética tiene una clara dimensión de género. Históricamente, las niñas y las mujeres han recibido mensajes especialmente intensos sobre cómo deberían ser sus cuerpos, cómo vestir o qué rasgos tendrían que corregir. Pero los niños tampoco son ajenos a esta presión, y eso es algo que no ha empezado ahora. “En ellos puede tomar otras formas: tener un cuerpo musculoso, ser suficientemente altos, mostrar fuerza o encajar en una determinada idea de masculinidad. No todos persiguen el mismo ideal, pero también pueden sentir que su cuerpo no es adecuado y que necesitan cambiarlo para pertenecer o resultar atractivos. Además, a esas exigencias puede sumarse la dificultad para expresar inseguridad. Si un niño ha aprendido que debe mostrarse fuerte y que preocuparse por su apariencia ‘es cosa de chicas’, puede sentir vergüenza de contar lo que le pasa. Los adultos también podemos pasarlo por alto o interpretar una preocupación intensa por la musculatura, la alimentación o el ejercicio únicamente como disciplina o interés por cuidarse”, afirma.
“Me gustaría que las próximas generaciones vivieran con menos miedo a ser juzgadas por su apariencia”
La especialista prefiere no hablar de “errores” de padres y madres, sino de aspectos que podemos revisar. La razón es sencilla: también los adultos hemos crecido en una sociedad que concede una enorme importancia a la apariencia. “A veces reproducimos mensajes que hemos aprendido sin ser conscientes de lo que pueden transmitir. Me parece más útil hablar de qué podemos revisar y de cómo podemos acompañar. Por ejemplo, podemos fijarnos en cómo hablamos de nuestro propio cuerpo, de la comida o del aspecto de otras personas. Si nuestros hijos nos escuchan criticarnos constantemente o celebrar cualquier pérdida de peso, pueden interpretar que hay cuerpos más valiosos que otros. No hace falta que esos comentarios vayan dirigidos a ellos para que influyan en su manera de mirar”.
Una de las ideas centrales de Me miro, me veo, me quiero es que no es necesario sentirse bien con el propio cuerpo todos los días para tratarlo con respeto. Marta Carulla Roig quiere que los niños comprendan que su valor no depende de encajar en un ideal de belleza y que puedan reconocer esos ‘espejos invisibles’: comentarios, comparaciones y expectativas que influyen en cómo se miran. “También quisiera que pudieran ampliar la respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy yo?’. Que aparecieran sus intereses, sus cualidades, las cosas que les hacen reír, las personas que quieren y lo que sueñan hacer. La apariencia forma parte de cómo nos presentamos al mundo, pero hay mucho más que merece ser reconocido”, expresa la investigadora.
Una responsabilidad que va más allá de la familia
Escribir este libro ha llevado a la autora a hacer un trabajo personal, a revisar su propia mirada. “Tener conocimientos sobre imagen corporal no nos deja al margen de los mensajes con los que hemos crecido. También necesitamos detenernos y pensar qué hemos incorporado, cómo nos hablamos y qué queremos transmitir”, confiesa.
Como investigadora, el proceso le ha hecho buscar una manera de traducir ideas complejas sin perder rigor. “Explicar algo a los niños exige comprenderlo bien y encontrar palabras que tengan sentido para ellos. Como psiquiatra, me ha recordado cuánto importa escuchar antes de explicar y dejar espacio a la experiencia de cada persona”, indica.
Su mirada hacia las próximas generaciones es de esperanza, pero también de preocupación. Hay más conversación sobre diversidad corporal, salud mental y presión estética, pero las herramientas de comparación y modificación de la imagen son cada vez más potentes. Por eso el cambio necesita algo más que pedirles autoestima: requiere responsabilidad de las familias, las escuelas, los medios, las plataformas y las instituciones. “Tenemos que revisar qué modelos ofrecemos, qué conductas premiamos y cómo protegemos a la infancia de los mensajes que se aprovechan de sus inseguridades. Mi esperanza está en que podemos identificar mejor estos mecanismos y actuar sobre ellos. Me gustaría que las próximas generaciones pudieran cuidar su salud, disfrutar de su cuerpo y vivir con menos miedo a ser juzgadas por su apariencia. Cuando sabes reconocer el truco, pierde poder”, concluye.



