Virginia Frutos, psicóloga: “El autocuidado no es un capricho ni un premio, es un entrenamiento diario”
En ‘Psicología zombi’, la experta analiza por qué vivimos en piloto automático y cómo podemos volver a conectar con nosotros mismos

Licenciada en Psicología por la Universidad de Murcia (España) y en Arte Dramático por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, Virginia Frutos lleva casi dos décadas ejerciendo como psicóloga. Su cuenta de Instagram, que cuenta con más de 800.000 seguidores, le sirve de altavoz para hablar de salud mental y de una condición que, por desgracia, cada vez está más instalada en la sociedad española: el modo zombi, un estado mental en el que una persona funciona guiada por la pura inercia y la supervivencia diaria en lugar de sentir o ser consciente de su propia vida. Sobre cómo dejar de vivir en piloto automático versa Psicología zombi, un libro, inspirado en sus consultas con pacientes, pero también en su propia experiencia personal. “Mi propio cuerpo me obligó a parar. Entonces entendí que no bastaba con poner nombre al patrón. Había que ofrecer un camino para salir de él. Por eso el libro se organiza en cuatro círculos: detectar al zombi, escuchar al zombi, intervenir sobre el bucle zombi y habitar tu vida. Quería que cada persona pudiera hacer en su casa, a su ritmo, un recorrido parecido al que hacemos en consulta. Que reconociera a su propio zombi, lo entendiera y recuperara lo que el piloto automático le había quitado: la posibilidad de vivir de verdad, no de sobrevivir”, explica.
¿Qué es lo que más te ha costado de este primer libro?
Traducir veinte años de consulta a un libro que se pudiera leer en el sofá sin perder rigor. Tenía mucha teoría detrás: apego, sistema nervioso, regulación emocional. Pero no quería escribir un manual frío. Quería que fuera práctico, con herramientas reales, y que al mismo tiempo se sintiera mi voz artística. Por eso hay escenas, diálogos casi teatrales, humor y algún momento poético. Vengo del teatro y sé que una escena bien contada llega a sitios donde una explicación no llega. Lo más delicado fue el tono con el zombi, era muy fácil convertirlo en el malo de la película, en algo que hay que eliminar. Pero no lo es. El zombi fue la mejor solución que encontramos en su momento para seguir adelante. Encontrar la manera de contarlo para que el lector lo mirara con curiosidad y no con rechazo fue, seguramente, lo que más trabajo me llevó.
¿Por qué vamos por la vida como zombis?
Nadie se vuelve zombi por casualidad, se vuelve zombi porque, en algún momento, sentir cuesta demasiado y hace falta seguir adelante. El zombi es eso, una estrategia automática que aprendimos para protegernos y funcionó, por eso cuesta tanto soltarla. El problema llega cuando la estrategia se queda, aunque la amenaza ya se haya ido. Entonces vives en lo que yo llamo la zona gris: por fuera todo parece en orden, por dentro hace tiempo que no te consultas nada.
¿Afecta por igual a mujeres y hombres?
Afecta a ambos, no es una cuestión de sexo, sino de mandatos y de patrones aprendidos. Cada historia, cada familia, enseña una forma distinta de desconectarse de lo que uno siente. Lo que sí cambia es el disfraz, y no quiero ser reduccionista, hay hombres muy cuidadores y mujeres que jamás se permiten flaquear, pero en consulta veo a muchas mujeres con el disfraz del cuidador, dando a todos menos a sí mismas. Es un disfraz muy aplaudido, y por eso es tan difícil de quitar. En muchos hombres aparece más el de la fortaleza, no quejarse nunca, no mostrar nada. Es más silencioso, pero igual de agotador. Unas tuvieron que aprender a sostener a todos. Otros, a no necesitar a nadie.
En el propio libro reconoces que también pasaste por ese estado de desconexión. ¿Qué aprendiste de aquella experiencia?
Todo empezó con unos mocos que no se iban y acabó en meningitis. Durante mucho tiempo había ido dejando pasar las señales pequeñas, el cansancio, la tensión, las ganas de parar. Mi cuerpo tuvo que subir el volumen para que yo le hiciera caso. La recuperación fue lenta, frágil y con miedo; entendí que funcionar y estar bien no son lo mismo, y que el autocuidado no es un capricho ni un premio. Es un entrenamiento diario y es fundamental escuchar al cuerpo cuando todavía habla bajito, antes de que tenga que gritar. Y aprendí algo muy importante: el zombi no se va, vuelve a veces. La diferencia es que antes me dominaba sin que pudiera verlo, ahora lo reconozco y eso lo cambia todo.
Después de casi dos décadas de experiencia profesional, ¿qué ha cambiado más en la forma en que los españoles afrontan su bienestar emocional?
Antes, la gente llegaba a consulta cuando ya no podía más. Hoy llega antes, y se ha perdido mucho miedo a pedir ayuda. El otro día, caminando por la calle, escuché a un grupo de adolescentes. Uno le preguntaba a otro qué tal le había ido con su psicólogo. Así, con total naturalidad. Me encantó, hace veinte años eso habría sido impensable. Pero también ha aparecido algo nuevo, la tendencia a autodiagnosticarnos y ponernos etiquetas. Y las etiquetas son rígidas, congelan a la persona en algo que en realidad está en movimiento. Una persona no es su etiqueta, es alguien respondiendo a lo que ha vivido y lo que se aprendió para sobrevivir también puede transformarse.
Cada vez se habla más de salud mental, pero también está aumentando la ansiedad, el estrés y el agotamiento. ¿Estamos mejor porque hablamos más o peor porque vivimos más presionados?
Hablamos más, sí, pero hablar no es lo mismo que escucharse. Podemos pasar el día hablando de ansiedad, de estrés o de salud mental y, cuando alguien nos pregunta cómo estamos, seguir respondiendo “bien” sin comprobarlo. La conversación ocurre fuera, la escucha tiene que ocurrir dentro. Para escucharse hace falta algo que hoy escasea, espacio. Es fácil culpar al móvil o a las redes. Están diseñados para distraernos, sí, pero no somos receptores pasivos. La pregunta no es qué nos hace el móvil, sino cómo nos relacionamos con él. Ahí está nuestra parte de responsabilidad y también nuestra libertad. El problema no es hablar más, es escucharnos tan poco.
"Podemos pasar el día hablando de ansiedad, de estrés o de salud mental y, cuando alguien nos pregunta cómo estamos, seguir respondiendo 'bien' sin comprobarlo"
¿Qué diagnóstico haces de la salud mental de los españoles en 2026?
Yo acompaño a personas concretas en momentos concretos de su vida. Poner un diagnóstico a todo un país sería generalizar, cuando lo que yo intento es mirar caso a caso. Lo que sí puedo contar es lo que veo, en consulta y fuera de ella: gente desconectada de sí misma y de los demás. Personas que cumplen con todo, pero que van por la calle, por el trabajo, por su propia casa, sin terminar de estar. La conexión muchas veces empieza en algo pequeño. Una mirada, un “muchas gracias”, dicho mirando a los ojos, no es poco, es el primer paso. Mirar, detectar, ahí empieza todo lo demás.
¿La hiperconectividad nos ha hecho más productivos o más vulnerables emocionalmente?
Depende de cómo la usemos. La conexión nos ha dado cosas valiosísimas: trabajar desde cualquier lugar, sentir cerca a quien vive lejos, algo que conozco bien después de diez años viviendo en México. El riesgo aparece cuando estar conectados a todo nos desconecta de nosotros mismos. Respondemos más, pero decidimos menos. Contestamos al instante, aunque nada sea urgente. Por eso no creo que la pregunta sea si la tecnología nos hace más productivos o más vulnerables. La pregunta es si somos capaces de elegir cuándo conectarnos y cuándo no. Apagar, esperar, no responder todavía. Ese pequeño gesto también es cuidar de nuestra salud mental.
¿Te preocupa que la inteligencia artificial y la automatización acaben trasladando también esa lógica automática a nuestras relaciones personales?
Me preocupa menos que la tecnología piense como nosotros que acabemos relacionándonos como ella: rápido, eficiente, sin fricción. Una relación sin fricción no es una relación. Los vínculos se construyen en lo incómodo: en esperar, en no entender, en reparar después de un desencuentro. La inteligencia artificial puede ser una herramienta útil. El riesgo aparece cuando la usamos para evitar justo aquello que nos hace humanos.
¿Estamos perdiendo la capacidad de aburrirnos, reflexionar y estar presentes?
Estamos en ello, sí. Rellenamos cada hueco: la cola del súper, el semáforo, los dos minutos antes de dormir. Llenamos cada silencio de ruido, como si quedarnos a solas con nosotros mismos fuera peligroso, pero el aburrimiento es la antesala del encuentro con uno mismo. Es ahí donde aparece lo que llevábamos tiempo sin atender. Nos falta eso, menos gestionar el momento y más vivirlo.
Cuentas con más de 800.000 seguidores en Instagram. ¿Qué te han aportado las redes sociales a nivel personal?
Me han aportado una comunidad, y una comunidad no es un número de seguidores. Es una conexión viva, que va en los dos sentidos, personas que se reconocen en lo que cuento, que me escriben, que me devuelven lo que les llega. Muchas me dicen que un vídeo les ayudó a entender algo que llevaban años sintiendo sin nombre. Ahí descubro que muchos dolores son comunes, y que dejar de sentirte sola con lo que te pasa ya es mucho. A nivel personal, lo vivo con mucho cuidado y con mucho respeto. Al otro lado de la pantalla hay personas reales, con historias reales, y eso me obliga a pensar bien lo que digo y cómo lo digo. Y hay algo que me da mucha tranquilidad: soy muy coherente con mi contenido. Lo que comparto soy yo, dentro y fuera de las redes.
¿Crees que este canal es una fuente para poder hablar de salud mental sin tabúes?
Sí, con un matiz. Las redes han llevado la salud mental a personas que jamás se habrían acercado a una consulta. Eso es valiosísimo. Pero las redes no sustituyen a un proceso terapéutico. Para mí, son una puerta, no una casa, y sirven para asomarse. Entre ese primer vistazo y la terapia hay un espacio intermedio, y ahí es donde quiero que esté Psicología zombi, un libro para detenerse, profundizar y empezar el recorrido a tu ritmo. Sin sustituir a la terapia, pero yendo un paso más allá.



