La violencia contra las mujeres se asocia a una menopausia más temprana y con síntomas más severos
Una investigación, realizada por la Universidad de Granada, identifica efectos físicos, psicológicos y sexuales a largo plazo

La violencia contra las mujeres puede dejar secuelas que perduran décadas y que también se manifiestan durante la menopausia. Es la conclusión a la que ha llegado una revisión científica realizada por investigadores de la Universidad de Granada. El trabajo, publicado en la revista científica Maturitas, analiza la evidencia disponible sobre los efectos a largo plazo de la violencia en la salud de las mujeres.
Entre sus principales hallazgos destacan que quienes han sufrido violencia pueden alcanzar la menopausia hasta veinte meses antes que quienes no han vivido este tipo de experiencia, y que la frecuencia y la intensidad de los síntomas asociados a esta etapa, como como sofocos y sudores nocturnos, también es mayor.
En el ámbito de la salud mental, las mujeres víctimas de violencia presentan una mayor prevalencia de ansiedad, depresión, insomnio y trastorno de estrés postraumático. El informe señala, asimismo, una asociación entre la exposición a la violencia y un mayor riesgo de desarrollar hipertensión, diabetes o síndrome metabólico en etapas posteriores de la vida. También se describen efectos sobre la salud ósea, con un incremento del riesgo de osteoporosis y fracturas, así como problemas relacionados con la memoria y la atención.
Los efectos alcanzan igualmente a la salud sexual y urogenital. Según los investigadores, entre ellas son más habituales problemas como la sequedad vaginal, el dolor durante las relaciones sexuales y las alteraciones urinarias, especialmente en mujeres que han sufrido violencia sexual. Además, la violencia machista se asocia a un mayor riesgo de insuficiencia ovárica prematura. El análisis concluye que por cada mujer que muere por violencia, más de 400 sufren discapacidades graves.
Los autores apuntan que estos efectos podrían explicarse por mecanismos biológicos vinculados al estrés traumático, entre ellos la alteración del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y determinados cambios epigenéticos. Como consecuencia, las mujeres afectadas presentan una peor calidad de vida durante la posmenopausia en los planos físico, psicológico y sexual.
Por eso, los investigadores defienden la incorporación de una atención sanitaria informada en el trauma en las consultas de menopausia, con protocolos que permitan detectar antecedentes de violencia y coordinar la atención ginecológica con ámbitos asistenciales como la salud mental, la medicina interna o la fisioterapia de suelo pélvico.
Los resultados de este trabajo de la Universidad de Granada confirman los de otras investigaciones anteriores que han analizado el efecto de la violencia sexual o física sobre la salud de las mujeres, encontrando una relación con las enfermedades cardiovasculares, los accidentes cerebrovasculares y el riesgo de demencia.



