Cambiar de identidad para publicar: Freida McFadden, Elena Ferrante y otras escritoras que se ocultaron tras un seudónimo

Todavía hoy hay escritoras que optan por un nombre (a masculino o no) para proteger su privacidad, evitar prejuicios de género o ganar credibilidad en géneros dominados por hombres

Foto: Canva.

El viernes se hizo público el nombre real de la escritora hasta ahora conocida como Freida McFadden. La autora de La asistenta y otros best sellers se llama en realidad Sara Cohen, una doctora especializada en lesiones cerebrales. Tras dos décadas de misterio, Cohen ha decidido salir a la luz en una entrevista con el USA Today. En ella explica que desde 2013 había publicado bajo un nombre artístico para salvaguardar su privacidad y evitar que su fama literaria afectara su trabajo como médica. Si finalmente ha dado el paso de dar a conocer su verdadero nombre, indica, es porque estaba “cansada de que fuera un secreto” y de las especulaciones sobre si detrás del pseudónimo había en realidad un equipo de personas.

A pesar de la revelación, Cohen asegura que seguirá publicando bajo el nombre de Freida McFadden, preservando así la marca con la que ha consolidado su carrera literaria. Su próximo lanzamiento será este mismo mes: el próximo 21 de abril llegará a las librerías Querida Debbie (Suma de Letras), una novela que, según la editorial, “combina humor negro y suspense doméstico”.

Lo de ocultarse detrás de un seudónimo no es ninguna novedad en el mundo literario en general y en el caso de las escritoras en particular. Históricamente han sido muchos los casos de autores célebres que resultaron ser señoras: George Sand (Amandine Dupin), George Eliot (Mary Anne Evans), Isak Dinesen (Karen Blixen), Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber y Larrea), etcétera. Incluso las hermanas Brontë publicaron sus grandes obras bajo nombre masculino porque temían que fueran rechazadas o trivializadas por el hecho de ser mujeres. No era precisamente un miedo sin fundamento. En el siglo XIX, las escritoras enfrentaban prejuicios y limitaciones para publicar y ser tomadas en serio. Adoptando un nombre masculino evitaban las censuras de la época y garantizaban que su obra fuera evaluada por su calidad y no por su género.

Pero no hace falta irse tan atrás en el tiempo para encontrar autoras que se ocultan tras un seudónimo. Todavía hoy hay escritoras que optan por un nombre (a veces masculino, otras veces no) para proteger su privacidad, evitar prejuicios de género o ganar credibilidad en géneros dominados por hombres. El auténtico nombre de Elena Ferrante, una de las escritoras más relevantes de este siglo, por ejemplo, es todavía un misterio. Se han barajado distintas opciones sobre su identidad. La teoría que más ha circulado es la de que es la traductora Anita Raja, que encajaría por edad, origen y formación. Hacia ella apuntaba una investigación periodística de 2016 que siguió el rastro de los pagos de la editorial de Ferrante, aunque el dato nunca se ha confirmado oficialmente. Desde su debut a principios de los noventa, la autora de la saga Dos amigas ha mantenido un estricto anonimato. Nunca ha dado entrevistas en persona ni ha aparecido en televisión o eventos literarios (a diferencia de McFadden, que sí acudió a algunos eventos caracterizada y con peluca). En alguna ocasión, Elena Ferrante ha explicado que lo hace para preservar su libertad creativa, evitarse las obligaciones del marketing literario y permitir que sus obras hablen por sí mismas, porque considera que, “una vez escritos, los libros no necesitan a su autor”.

Aunque no sea el caso de Freida McFadden o Elena Ferrante, otras autoras eligen ocultar su identidad por los prejuicios de género que todavía hoy existen. Joanne Rowling publicó Harry Potter con sus iniciales por recomendación de su editorial, que le advirtió que los jóvenes no querrían leer una obra escrita por una mujer. Más tarde adoptó el seudónimo masculino Robert Galbraith para escribir novela negra.

La escritora de ciencia ficción Alice Bradley Sheldon también se ocultó durante años detrás del nombre James Tiptree Jr. porque era consciente de que en ese género dominaban los hombres y quería que sus relatos fueran juzgados sin sesgos. Logró un éxito rotundo sin que el público supiera que era una mujer, y su identidad no fue relevada hasta poco antes de su muerte, sorprendiendo a muchos lectores que se negaban a creer que Tiptree no era un hombre.

Igual que hay mujeres que han utilizado un nombre masculino para incursionar en el género fantástico o el de la ciencia ficción, también son bastantes los varones que han usado nombre de mujer para publicar novelas románticas. Es el caso de Ian Blair (Emma Blair), Hugh C. Rae (Jessica Stirling) o Gordon Aalborg (Victoria Gordon).

En España también hemos tenido algunos ejemplos de autores que se ocultaban tras un seudónimo femenino, aunque por otros motivos. El más mediático ha sido el de Carmen Mola, que resultaron ser los guionistas Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero. Formando equipo triunfaron con la serie de la inspectora Elena Blanco, y no revelaron su identidad hasta que en 2021 ganaron el Premio Planeta.

A nivel internacional destaca el caso de Yasmina Khadra, seudónimo utilizado por el escritor argelino Mohammed Moulessehoul, que se inventó ese nombre por seguridad y para evitar la censura militar. Moulessehoul era comandante del ejército argelino y tenía prohibido publicar obras literarias sin autorización, por lo que el seudónimo le permitió seguir escribiendo sin ser detectado y poder hablar, además, sobre temas sensibles y la violencia en su país. No reveló su verdadera identidad hasta el año 2000, tras retirarse del ejército y trasladarse a Francia.

 

 

 

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