Las claves de la alimentación consciente
Este paradigma propone que volvamos a alimentarnos según lo que nuestro cuerpo nos pide y necesita

Estamos muy acostumbradas a comer según lo que creemos que es adecuado, lo que nos han contado, lo que hemos leído… dejando completamente de lado lo que de verdad necesitamos. El objetivo de la alimentación consciente es que volvamos a prestar atención a nuestras sensaciones de hambre y saciedad; es decir, que aprendamos a alimentarnos escuchando y atendiendo a las señales de nuestro cuerpo.
En realidad, es algo que sabíamos hacer, pero hemos olvidado. Cuando nacemos, sentimos estas señales de forma natural. La mayoría de los bebés lloran cuando tienen hambre y dejan de comer cuando se sienten satisfechos. El problema es que, cuando crecemos, debido a los horarios, al ‘tienes que comerte todo lo del plato’, etcétera, dejamos de atender a esas sensaciones.
Al alimentarnos, tampoco deberíamos olvidar nuestras apetencias. A la hora de comer, el placer es importante: las texturas, los sabores, la presentación, los colores… Es muy habitual que nos centremos en hacer el ‘plato perfecto’, pero es menos común que nos preguntemos si realmente disfrutamos de ese plato.
Lo recomendable es que tratemos de encontrar un equilibrio entre lo que nos apetece (preferencias, gustos personales), nuestro contexto (entorno, economía, acceso a alimentos, cultura, tiempo, costumbres) y nuestras necesidades (saciedad, hambre, satisfacción, demanda de energía, variedad). Porque en la alimentación influyen muchos factores (salud mental, economía, entorno, tiempo disponible, genética, etcétera). Si solo ponemos el foco en el peso, estamos dejando fuera todo lo demás. La alimentación consciente, sin embargo, no se centra en el peso, sino en dejarse guiar por las señales del cuerpo y sus necesidades. Por eso es un enfoque mucho más respetuoso, realista y con una visión de la salud más global.
La clave está en recuperar la confianza en nuestro cuerpo y dejar de castigarlo o ignorarlo, que es lo que a menudo acabamos haciendo. Pregúntate lo siguiente: ¿cuántas de tus comidas las haces sentada a la mesa, tranquila, con tus sentidos puestos en los alimentos que tienes delante? El acto de comer merece toda nuestra atención, ya que es necesario para nuestra supervivencia, y hay que intentar darle el espacio que merece en nuestro día a día, sin obsesiones ni exigencias. Recuerda que se trata de reconectar contigo, no de castigarte.
Aprende a escucharte
¿Cómo sentimos el hambre físicamente? Seguro que has notado los sonidos o rugidos de tu estómago cuando está vacío, pero esta no es la única forma de sentir el hambre. También puede aparecer como irritabilidad, cansancio, dolor de cabeza o falta de concentración. Es muy importante atender el hambre cuando llega, independientemente de la hora que sea o de lo que hayas comido antes. De esta forma, evitarás llegar al hambre extrema y tomarás mejores decisiones acerca de lo que comes.
¿Cómo sentimos la saciedad? Esta es una sensación mucho más personal, pero podríamos describirla como una satisfacción estomacal o general. Ignorar o tapar de forma sistemática todas las señales de hambre y saciedad tiene consecuencias muy negativas. Lo normal es que acabemos perdiendo la confianza en nuestro cuerpo e incluso podemos dejar de sentir esas señales: si nuestro cuerpo percibe que no son atendidas cuando aparecen, acaba dejando de producirlas.
Afortunadamente, siempre podemos reconectar con ellas de nuevo, aunque para lograrlo es importante que cambiemos el chip. Este proceso requerirá que empecemos a conocernos de dentro hacia fuera e implicará mucho ‘ensayo y error’. Más que enfocarnos en el resultado final, debemos centrarnos en cambiar nuestra mentalidad e intentar disfrutar el camino, con sus avances y sus retrocesos. Es importante entender que es un proceso y que habrá altibajos. Tener en cuenta esto te ayudará a avanzar más fácilmente hacia el objetivo de ser más sensible a tus señales internas.
Por último, también hay que entender que la alimentación consciente nunca debería ser una imposición, sino una elección personal, porque el objetivo es, precisamente, ir eliminando esa autoexigencia que solemos imponernos a la hora de alimentarnos. El esfuerzo merecerá la pena, porque los beneficios de este paradigma de alimentación son muchos: mejora la relación con la comida y el bienestar físico, pero también el psicológico, reduciendo sensaciones de ansiedad y depresión, mejorando tu imagen corporal y fomentando la cultura del autocuidado.


