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“y ya que hablamos
de mujeres: resulta que me
casé con una. eso también
supuso decir unos cuantos noes
(‘marido no, mujer’, ‘no tienen
padre, tienen dos madres’)”.
también lo que era, una mujer, y en aquel momento, algo peor
aún: una mujer joven. Fue la primera, no la última vez, pero a
partir de entonces cada “¿y esta chica?”, cada “hola, bonita”, me
importaban un poco menos.
En ese momento nació también un sentimiento de alianza no
escrita e invisible que me unía a otras mujeres. Un sentimiento que
quizá es eso que ahora llaman sororidad y que ha guiado muchas
de mis decisiones: desde dar a conocer referentes femeninos a
participar en diversos grupos de mujeres, pasando por contratar
más mujeres en puestos directivos o ayudar a las jóvenes a sentirse
más seguras y a saber que pueden llegar a donde quieran.
Y ya que hablamos de mujeres: resulta que me casé con una. Eso
también supuso decir unos cuantos noes (“marido no, mujer”, “no
tienen padre, tienen dos madres”) y asumir que muchas veces,
muchísimas, vas a ser la persona diferente. La familia diferente. Ni
mejor, ni peor, solo diferente. El vivir cada día esa diferencia te ayuda
a sentir más cerca las diferencias de otros. A ser más comprensiva, a
entender que la vida es mejor pintada con muchos colores.
Así que aquí están las lecciones que he aprendido en estos cuarenta
y tantos años de vida: valora a las princesas tanto como a los Robin
Hoods, rodéate de gente que venga de lugares diferentes, ten
siempre a alguien en tu equipo que te cuestione, contrata mujeres,
ayuda a la gente más joven a llegar más lejos. Y no tengas miedo
a tener que decir que no a los demás para decirte sí a ti misma. #
Irene Milleiro es directora gerente de la Change.org Foundation.
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