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¿qué estás pensando... más diversas las perspectivas, más plurales las ideas y mejores las
soluciones. A día de hoy sigo intentando rodearme de gente muy
diferente, en la vida y en el trabajo. A día de hoy sigo creyendo que
de cualquier persona se puede aprender, que lo mejor que te puede
pasar es que alguien te diga: ‘no estoy de acuerdo’, y te obligue
pensar de forma distinta.
Desde pequeña me tocó aprender a decir que no. En el cole mis Dos años después. Bruselas. Ahora sí, rascacielos de cristal.
amigas se disfrazaban de princesas, yo de Robin Hood. Ellas jugaban Entré en la reunión de trabajo y me encontré a dos señores en
al balón prisionero, yo al basket con los chicos. Los profesores traje sentados. La frase sonó alta y clara: “¡Mira qué regalito nos
me recomendaron estudiar una carrera de ciencias, yo me puse mandan!” Me quedé paralizada y sentí mucho calor y un nudo
a estudiar Derecho. Mis amigas se quedaron a estudiar cerca de en la garganta. Les miré. Sonrieron. Yo no. Me quedé inmóvil,
casa, yo me fui a 600 kilómetros. En aquellos momentos no me y hasta pensé darme la vuelta. Pero no. Pensé en mi jefa, una
daba cuenta, pero mis diferencias ya estaban construyéndome. incredibile señora italiana que no se callaba ante nadie y que, a
pesar de mi juventud, me había mandado representándola a una
Primavera de 1999. Se acababa el siglo y mi vida de estudiante. reunión con otros departamentos. Así que respiré, me obligué a
Yo tenía 22 años y estaba terminando mi quinto y último año mirar a los señores a los ojos, a sentarme en una silla y a decir lo
de Derecho Económico. Sentía que debía ponerme a trabajar: que iba a decir. Y lo hice bien. Esa fue la primera vez que me di
ya había abusado bastante de mis padres, que hicieron muchos cuenta de que no solo importaba lo que sabía, decía o hacía, sino
esfuerzos para pagarme la carrera lejos de casa. A mi universidad
venían algunas multinacionales a buscar becarios buenos, bonitos
y baratos. Así que, como todos los demás, hice las pruebas
pertinentes para varias empresas de nombres largos unidos por
conjunciones. Y un día me llegó la llamada: me ofrecían irme como
becaria al departamento de marketing de una gran multinacional
en Lisboa. Sabía que debía estar contenta, pero no lo estaba. Sabía
que ese era un buen camino, pero no era mi camino. Así que me
tocó de nuevo decir que no. Lo que no sabía en aquel momento era
que ese “no” iba a ser el más importante de mi vida.
Ese “no” significó muchas cosas. En lugar de Lisboa, el Lido de
Venecia. En lugar de un rascacielos de cristal, un monasterio del
siglo XI. En lugar de compañeros en traje, un grupo de estudiantes
de Filología, Ciencias Políticas, Matemáticas, Periodismo y
Religiones Comparadas, debatiendo día y noche sobre derechos
humanos y democracia. Un máster que me cambió la vida, que
por primera vez me mostraba que quizá había otras salidas, otros “lo mejor que te puede
caminos, que quizá sí se podía una ganar la vida intentando
cambiar el mundo. Pero que, sobre todo, me enseñó que cuanto pasar es que alguien te diga:
‘no estoy de acuerdo’,
y te obligue pensar de
forma distinta”.
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